Un artículo de opinión sobre los mecanismos genéticos del envejecimiento, en el que han participado nuestro compañero Ander Izeta (líder del grupo de Ingeniería Tisular) y nuestra compañera Olga Ibáñez-Solé (del mismo grupo), ha sido publicado y destacado por la influyente revista Trends in Genetics. En este artículo, Izeta, Ibáñez-Solé e investigadores de otros tres grupos de los Países Bajos, Alemania y Estados Unidos, reflexionan sobre las conclusiones que han llegado usando distintos métodos sobre la relación del funcionamiento de los genes y el envejecimiento.

En este artículo, proponen que el envejecimiento pueda tener menos que ver con “genes de envejecimiento” específicos y más con la longitud de un gen. Muchos de los cambios asociados con el envejecimiento podrían ocurrir debido a una menor expresión de genes largos, dicen los investigadores. Se ha observado una disminución en la expresión de genes largos con la edad en una amplia gama de animales, desde gusanos hasta humanos, en diversos tipos de células y tejidos humanos, y también en individuos con enfermedades neurodegenerativas. Los experimentos con ratones muestran que el fenómeno puede mitigarse mediante factores antienvejecimiento conocidos, incluida la restricción dietética.

Si bien muchas investigaciones sobre el envejecimiento se han centrado en genes específicos que podrían acelerar o retardar el envejecimiento, las investigaciones sobre exactamente qué genes son más susceptibles al envejecimiento no han revelado un patrón claro en términos de función biológica. Más bien, la susceptibilidad parece estar relacionada con la longitud de los genes.

“Durante mucho tiempo, el campo del envejecimiento se ha centrado en los genes asociados con el envejecimiento, pero nuestra explicación es que es mucho más aleatorio: es un fenómeno físico relacionado con la longitud de los genes y no con los genes específicos involucrados o la función de esos genes”, explica nuestro compañero Ander Izeta.

Básicamente, todo se reduce al azar, ya que los genes largos simplemente tienen más sitios potenciales que podrían dañarse. Los investigadores lo comparan con un viaje por carretera: cuanto más largo sea el viaje, más probabilidades hay de que algo salga mal. Y debido a que algunos tipos de células tienden a expresar genes largos más que otros, es más probable que estas células acumulen daños en el ADN a medida que envejecen. Se sabe que las células neuronales expresan genes particularmente largos y también son lentas o no se dividen, así que son especialmente susceptibles a este fenómeno, por lo que los investigadores destacan el vínculo entre el envejecimiento y la neurodegeneración.

Los autores especulan que el daño a los genes largos podría explicar la mayoría de las características del envejecimiento porque está asociado con conocidos aceleradores del envejecimiento y porque puede mitigarse con terapias antienvejecimiento conocidas, como la restricción dietética (que se ha demostrado que limita el daño al ADN).

Sin embargo, aunque haya evidencias de la asociación entre la disminución de la expresión de genes largos y el envejecimiento, aún queda por demostrar evidencia causal. “Por supuesto, nunca se sabe qué fue primero, si el huevo o la gallina, pero podemos ver una fuerte relación entre este fenómeno y muchas de las características bien conocidas del envejecimiento”, añade Izeta.

En estudios futuros, los investigadores planean investigar más a fondo el mecanismo del fenómeno y sus implicaciones evolutivas y explorar su relación con la neurodegeneración.

 

Basado en material facilitado por Cell Press